La perspectiva espiritual día tras día de la historia del Principito El Principito El Principito El Principito va a desatar un cambio masivo en la vida del piloto que se ha estrellado en el desierto. Acompañará al piloto en un viaje interior que va a transformar completamente su forma de entenderse a sí mismo, de sentirse sobre sí mismo. Pero primero, el Principito está consiguiendo una imagen clara de cómo se ven los humanos inauténticos: cómo el falso yo que es el ego produce como una edición falsa de la raza humana. El rey del planeta que visita el Principito es la imagen primaria: el ego se infla en su grandiosidad, atento sólo a sus planes personales, completamente incapaz de conectarse con algún otra persona de una forma importante. El rey se ve a sí mismo como Dios, de esta forma como el ego se ve a sí mismo como Dios. Piensa que gobierna todo el Universo. La ironía de esto es que mientras el ego no es Dios, los humanos en su ser fundamental son verdaderamente divinos! Y, desde luego, hay un sentido más extenso en el cual todo es divino, en el sentido de que todo procede de Dios. Pero hablamos aquí en el sentido de nuestra conciencia personal de quiénes somos. Al ego le agrada reflexionar que es Dios. Por otro lado, cuando tomamos conciencia de nuestra verídica naturaleza, nos percatamos que somos expresiones de la divinidad: la automanifestación de Dios, que es el concepto de la afirmación que los primeros discípulos de Jesús hicieron de que somos “descendientes” de Dios. Cuando los discípulos de Jesús se percataron de que su presencia entre ellos había lanzado una exclusiva luz sobre su ser, los llevó a un territorio que jamás antes habían atravesado. En esa cultura, la iniciativa de que un ser humano es divino era para la mayor parte blasfemo. La mayor parte pensaba que Dios era “otro”, no humano, más bien como el rey en su trono. ¿Cómo iban a expresar este nuevo sentido de sí mismos que había surgido en ellos? ¿Qué expresiones podrían utilizar? El César de roma fue planeado como un dios. Los discípulos de Jesús respondieron:”Jesús es señor”, y lo que ellos deseaban decir con esto era que un ser humano habitual, un carpintero convertido en maestro, tenía dentro toda la plenitud de la naturaleza divina. Pero Jesús es representativo de todos los hombres, y en esto se distingue del César. El César se consideraba un dios, en tanto que el resto de la raza humana eran sencillos fatales. Pero en la situacion de Jesús, es justo lo opuesto. Decir que Jesús es divino oséa que todos los humanos son escencialmente divinos. Esa es la increíble revelación que vino sobre los discípulos. Surgió como una revelación desde dentro de su ser más profundo, no como un pedazo de conocimiento de la cabeza. La perspectiva era tan creativa, que cambió completamente cómo se sentían sobre sí mismos, que en el transcurso de un tiempo no sabían qué llevar a cabo con ella en relación a su comprensión mental. La tradición judía, como la mayor parte practicaba, no poseía nombre para lo que los discípulos estaban experimentando. Por otro lado, su vivencia fue descrita en sus escritos antiguos -la iniciativa de que los humanos son la “imagen y semejanza de Dios” -, pero esto no se encontraba en la conciencia día tras día de la multitud de ese tiempo. Jesús evocó en la gente un sentido de la verdad de Dios. No sólo Dios a su alrededor, la existencia de Dios en la construcción, que él llamó “el reino”, sino Dios como ese ser infinito en el que participa nuestro ser humano. Por eso San Pablo mencionó que “en Dios vivimos, nos movemos y poseemos nuestro ser” y además por eso nos llamó descendencia divina, hijas e hijos de nuestra Fuente divina. Por eso el Principito, en esta primera etapa de su viaje, está teniendo un concepto clara de lo que los humanos no son. No somos individuos por derecho propio, independientes como el Hombre Marlboro. No somos el ego inflado y grande en el cielo como si fuéramos la fuente de todo. Pero lo que somos es lo contrario a todas estas expresiones del ser último, manifestaciones de Dios en incontables formas, y entonces todas escencialmente una. En otras expresiones, a distingue del rey que piensa en sí mismo de una forma tan aislada, mayor a todo lo demás, nuestra vida individual está completamente supeditada a la disponibilidad, a la unidad, de nuestra S