Amar y servir al prójimo es una de las tareas más nobles que como cristianos podemos llevar adelante. Amar el otro es encontrar al otro, es preguntarle acerca de lo que sucede en su vida y realmente escucharlo. Que nuestros ojos denoten la verdad de estar oyendo a alguien que necesita nuestra ayuda. Muchas veces cuando nos hablan miramos hacia otro lado gustamos pensando en cosas que nada tienen que ver con lo que nos están diciendo. Eso no es escuchar y eso no es ayudar al otro. Las personas nos damos cuenta cuando realmente están conectadas con nosotros y no están divagando en cualquier otra parte de su mente. Esto no es algo que nazca si no es algo que se practica, porque de lo contrario no habría mayores esperanzas sino pudiésemos mejorar como personas.

Todos podemos ser mejores un poquito más cada día. Es cuestión de no ir tan acelerados por la vida y de aferrarse cada vez más a lo que nos enseña Dios y lo que Dios tiene preparados para nosotros. Servir al otro es brindarle todo lo que uno tiene para que la otra persona pueda agarrarlo y utilizarlo, que le sea útil para su vida y que pueda afrontar distintas problemáticas e inconvenientes con esas herramientas que nosotros de puro corazón les ofrecemos. No se puede vivir la vida de manera individual. El ser humano muere cuando está solo. La soledad no debiese tener lugar en una sociedad como la nuestra, sin embargo existe y muchas personas están solas porque se niegan a amar a los demás, porque se niegan a escuchar a los otros, porque no acuden a Dios cuando más lo necesitan.

Yo no te va a dar nunca le espalda por más de que tu le hayas negado a el la posibilidad de tener contacto contigo. Dios no es rencoroso y lo perdona todo, por eso es que siempre vas a estar a tiempo de encontrarte con el. Y encontrarte con Dios es encontrarse con las demás personas de tu comunidad. Es muy difícil la vida si intentamos vivir la solos. No tiene sentido y es un desperdicio que los días pasen y estemos encerrados en nuestros hogares sin salir a la plaza a divertirnos con una persona que también necesita de nosotros. Un amigo, una pareja, un familiar. Si no hemos la risa del otro en nuestra sonrisa, estaremos perdidos y muy alejados de Dios. En nuestro cristiano intentaremos darle todas las herramientas posibles para ese tan ansiado reencuentro.